martes, 2 de febrero de 2021

EL PUENTE DE CARBELLINO

 


Un puente mítico sayagués, destruido por una riada el 21 de febrero de 1936 (va hacer ahora 85 años), ha vuelto a ser noticia por una información de prensa, suscitando una cierta polémica en las redes sociales. 

Unas semanas atrás, Unión del Pueblo Leonés (UPL) ha planteado en los presupuestos autonómicos la necesidad de conectar ambas orillas de la presa de Almendra para favorecer el "intercambio comercial entre Sayago y el noroeste salmantino". Pues considera este partido muy beneficioso e importante "recuperar las relaciones económicas y comerciales que existían entre Sayago y el noroeste salmantino antes de la construcción de la presa", por lo que instan a la Junta de Castilla y León a "impulsar la elaboración de un estudio técnico que determine las posibilidades de conectar ambas orillas a la altura de Carbellino por la parte zamorana, aprovechando la estrechez del cauce existente entre esta localidad y la zona ubicada entre Monleras y Villaseco de los Reyes por la parte salmantina, de cara a conectar las carreteras ZA-320 y la SA-302, ambas de titularidad autonómica". 

Unos estiman que hay otras prioridades más necesarias y urgentes en la comarca y otros, que las buenas comunicaciones son inversiones cuya rentabilidad está ampliamente probada y factores indispensables para el progreso y desarrollo de cualquier territorio. Por eso, cuanto más y mejores, más beneficios y mayores expectativas de progreso y riquezas. 


El tiempo pondrá en evidencia el resultado futuro de esta propuesta, si es que llega a materializarse en una realización efectiva, por la que no oculto mi posición, haciendo votos para que llegue a ser una realidad, al estar convencido de su utilidad como factor dinamizador económico y social de Sayago. 


Por el momento, me voy a referir al pasado, puesto que para las generaciones de nacidos en y después de la guerra civil, el antiguo puente es un desconocido que prácticamente está ya borrado de la memoria de las gentes y, sin embargo, bien merece permanecer en los anales de nuestra historia.  


En el mapa que encabeza esta información, que es de 1910, todavía no estaba concluida la carretera denominada entonces de Tardobispo a Sardón de los Frailes (hoy ZA-320) con un trazado que correspondía al antiguo camino de Zamora a Almeida, cuya corporación municipal tomó la iniciativa de solicitarla en 1895, terminando en un vado del río Tormes, señalado como Barca de Carbellino, que era el medio de atravesarlo para acceder a Monleras (Salamanca). Obra que, a pesar del apoyo y recomendación de los ilustres diputados don Federico Requejo Avedillo y su hijo don Manuel Requejo, tardó en terminarse casi cuarenta años. 



Pues bien, en el final de su sexto y último tramo, correspondiente a Almeida-Carbellino, se construyó un puente metálico, de sencilla estructura de hierro, 40 m. de luz y asentado en dos zapatas de obra, situado más abajo del paraje de la Barca, muy próximo al término de Roelos. No me ha sido posible localizar ninguna fotografía o imagen del mismo, pero he hallado la que reproduzco que es de la misma época y que bien pudiera asemejársele. 


Manuel Fernández García

Fue proyectado por el ingeniero Jefe de Obras Públicas de Zamora, don Manuel Fernández García, y construido por el sistema de administración de las obras tanto de la explanación y obras de fábrica (16.907,37 pesetas), como la estructura metálica (98.948 pesetas) y la pintura (5.814,60). Tras realizar las pruebas de carga en julio de 1915, fueron recibidas las obras en diciembre de 1922. 


No parece que se hiciera una fiesta de inauguración. No he encontrado noticia de ello. Por el contrario, y con todo detalle, sí se mencionan las actuaciones de unas pruebas de esfuerzo, en las que sin embargo desestimaron la fuerza de la corriente del río en caso de avenida, la que iba a ser la causa de su destrucción:  La prueba consistió en cargar sobre el puente 2.700 sacas de arena. Dicha prueba fue presenciada por dos ingenieros, y a ella asistió en representación del señor Requejo nuestro querido amigo e ilustre capitán don Pedro Santiago, acompañado asimismo por el bondadoso párroco don Serafín Iglesias, juez municipal y maestro jubilado don José Fernández y de este humilde servidor.” (Heraldo de Zamora, 22 de julio de 1915, p. 2) 


El 19 febrero de 1936, según el diario salmantino El Adelanto y el resto de la prensa nacional, se produjo una las mayores crecidas del Tormes que se conocen. Los daños causados en los barrios bajos de la ciudad de Salamanca (la Vega, el Arrabal, Tejares, etc.) fueron enormes y muy dañinos, por la cantidad de agua y por la ímpetu y fuerza de la riada. 


En Ledesma, junto a la pesquera, todavía se conservaban algunas aceñas, tenerías y molinos de los tradicionales que le dieran fama. Con la crecida, las aguas invadieron estos recintos industriales, arrastrando enseres, sacos de harina, tablones, mobiliario, etc., que según me contó el molinero Ángel Sánchez (q.e.p.d.), junto con ramas de árboles, cañizos y maleza, al llegar al puente, se acumularon en gran cantidad junto a una de sus zapatas, haciendo pantalla y multiplicando la fuerza del agua, hasta el punto de arrancarla y arrastrarla aguas abajo. Era la noche del 20 de febrero de 1936. Con las luces del siguiente día puedo verse que el puente se había escorado del lado de Carbellino, quedando atravesado en el río y, lamentablemente, inutilizado por completo e intransitable.


Los periódicos de Zamora y Salamanca ni siquiera informaron del siniestro. La noticia apareció solo en la prensa nacional y con los nombres de los pueblos incorrectamente escritos. 


Ahora, 22 de febrero de 1936, p. 11


En la memoria de los octogenarios sayagueses de CarbellinoRoelos, Salce, Argusino y Almeida queda todavía la imagen de la estructura metálica que, años y años, se mantuvo inútil in situ como un monumento conmemorativo de una obra mal proyectada. Después..., después las mismas aguas que lo inhabilitaron lo ocultaron en el fondo del Embalse de Almendra.  

jueves, 21 de enero de 2021

CHANCAS

Estos últimos días Sayago, con la nieve y la lluvia caída, ha vuelto a los inviernos de antaño, cuando los inviernos no se los comía el lobo. Pero ahora, a diferencia de entonces, a Dios gracias no se embarran las calles y ha desaparecido el badulaque de barro y estiércol  que  las hacía intransitables.

Pero no he debido decir lo de intransitables. Nada menos cierto. Todo el mundo seguía yendo a sus jeras, al no haber más remedio, en afanoso tránsito sobre el lodazal infecto o sobre las duras aristas de los carámbanos. Gracias a un prodigioso y humilde calzado, las gentes podían pisar firme y discurrir con seguridad por tan azaroso piélago. Me refiero a las chancas, un genial invento celta. Sólo con ellas era posible la hazaña. De ahí que todo hijo de vecino calzara un par. Todos los días, a todas horas. Desde el otoño a la primavera. Mayores, mozos y muchachos.

Mi padre, zapatero remendón de Almeida,para su venta en las ferias de la comarca (Bermillo, la ermita de Gracia, Muga, Peñausende) y en su zapatería, en agosto, las comenzaba a fabricar, nada más acabar las fiestas de San Roque, con el fin de tener en  otoño un adecuado remanente de pares de toda la serie de números. Traía de Ledesma el becerro para los cortes. De la tenería de don Pedro Galache (hoy desaparecida), junto a la pesquera, aguas abajo del puente, en la margen izquierda del Tormes. El tal don Pedro era el padre de Dely Galache, mi madrina de bautismo, una guapísima señorita, hija única, que murió de tuberculosis en su más esplendente lozanía juvenil.

Para la fabricación de las chancas, de Galicia le llegaban a Julio Martín las suelas de madera de aliso o de negrillo; esculpidos a máquina el tacón, el rebaje del empeine y la curvatura de la planta del pie. De Castro Caldas (Ourense), de allí venían. Un pueblo gallego que las producía industrialmente, pues, cuando la guerra del 14, las había fabricado a toneladas para exportarlas a Francia.

Mi madre ayudaba cortando los cueros. Colocaba los moldes de cartón sobre la pieza de becerro extendida y, tratando de aprovechar bien el material, dibujaba con jaboncillo los contornos por donde había de cortar. Después hacía los ojales con un sacabocados. Finalmente, mi padre ahormaba y ensamblaba el conjunto de piso y corte, y la chanca quedaba lista. Trabajaban hasta muy de noche y hasta cuando se lo permitían las restricciones de corriente que se padecían en los años de postguerra. Tres parpadeos de la bombilla eran los avisos que anunciaban el corte definitivo de la luz. Si necesitaban continuar trabajando, habían de hacerlo alumbrándose con una lámpara de carburo cálcico, un invento que producía gas acetileno y, mediante una boquilla especial, generaba una potente luz.

Humildes y baratas, pero insustituibles, a las chancas hay que darle sitio en la historia heroica del aquel Sayago de la precariedad. Algunos las hacían durar una eternidad, herrándolas con tachuelas metálicas para que la madera del piso no se desgastara con el uso. En aquellos suelos de lastras o peña viva de los corrales y las casas, su caminar era tan estrepitoso y cerril como el de Frankenstein en una catedral gótica. ¡Música celestial para unos gloriosos tiempos que, aun exentos de  sutilezas, resultaban, sin embargo, fascinantes!

 

viernes, 14 de agosto de 2020

UN HECHO INSÓLITO Y SORPRENDENTE



Larga es la vida de los pueblos, porque se resisten a morir a pesar de las crisis, las hambrunas, el abandono de los emigrantes o la desidia con que los castigan los gobiernos. Por eso en su historia hallamos acontecimiento de todo género. Heroicos, viles, sorprendentes, andinos, bárbaros, histriónicos, jocosos, festivos, etc., etc. Que de todo hay en la viña del Señor y, como canta Rubén Blades, la vida te da sorpresas…

En la historia de Almeida no faltan los hechos peculiares y sorprendentes. Uno de ellos, tan famoso que en su día se ocupó de él toda la prensa nacional, lo protagonizó un ternero que nació con solo tres patas, en abril de 1979. Sus dueños, Bonifacio Ramos Tierno y su mujer Teresa Corperala, recibieron una multitud de visitas, de convecinos y paisanos de los pueblos vecinos, para contemplar el fenómeno. Y de los periodistas, a los que dieron facilidades para fotografiarlo.

                                                                Dario de Burgos

Durante semanas, fue objeto de todos los comentarios comarcales, suscitando la admiración por que pudiera mantenerse en pie y hacer vida vacuna normal. Pero a medida que creció y aumentó de peso, llegó el día que comenzó a tener dificultades para mantenerse erguido y, sus dueños creyeron que el momento de venderlo había llegado. Y así lo hicieron.

                                                               ABC de Sevilla

La historia terminó como es debido. Es decir, en un matadero y en filetes. Sit transit gloria mundi. Pero, me ha parecido a mí que su momento de gloria, merecía ser perpetuado en la historia de nuestro pueblo. Al fin y al cabo, logro que apareciera el nombre de Almeida en todos los periódicos de entonces.

Nota.- La fotografía de cabecera la he conseguido, por mediación de mi pariente Mª Encarnación Santos Rodríguez, que se ha desvivido por atenderme, gracias a la amable aportación de Mª Teresa Ramos Martín, que es la chica que aparece en la foto. Para las ambas mi agradecimiento por su inestimable colaboración.

lunes, 29 de junio de 2020

FIESTA DE LA RAZA Y DEL SOLDADO (1927)



El día 12 de octubre de 1927, en Almeida, a la tradicional conmemoración patriótica  denominada “Fiesta de la Raza” (celebración de la conquista de América) se agregó la “Fiesta del Soldado”. Esta última, de nueva creación y expresamente instituida para homenajear a los mozos del pueblo que habían participado como soldados en la Guerra de Marruecos, de regreso tras la rendición definitiva de las hordas rifeñas de Adel-el-Krim en julio de 1927.
Motivos sobrados había para homenajear a estos héroes y dar gracias a Dios porque volvieran vivos, pues fueron muchos los que murieron por la ineptitud de unos mandos y la falta de instrucción de la tropa, en una guerra de guerrillas y emboscadas que duró dieciséis años, de la que los hijos de las familias pudientes se libraban pagando una cuota. Así pues, los que eran reclutados forzosos era a los hijos de los campesinos pobres, a los que no quedaba más salida que huir como prófugos o consentir y afrontar el peligroso destino a África.
De allí, victoriosos y boyantes había regresado un grupito de mozos almeidenses, entre ellos mi tío carnal Damián Martín Fuentes (en la fotografía), hermano de mi padre. Nunca llegué a conocerle, pues cuando yo nací él ya había emigrado a Argentina, donde vivió hasta su fallecimiento.
Una vez, gracias al vespertino Heraldo de Zamora, tenemos la reseña de estas celebraciones que, si bien se extienden en detalles profusamente, creo sinceramente que merecen quedar aquí recogidas para que permanezcan como historia. Haciendo así patente el orgullo y el amor patriótico que atesoraban nuestros mayores.
He aquí pues, Heraldo de Zamora, edición del 18 de octubre de 1927:

Ejemplo que imitar
La Fiesta de la Raza y del Soldado
Un acto sencillo y simpático

Hay momentos en que se celebran actos sencillos, en la vida oculta de los pueblos humildes, que ponen de manifiesto su verdadero sentir más, inconmensurablemente más que otros aparentemente celebrados y que carecen de levadura ciudadana.
A aquellos pertenece el que se menciona en esta reseña como verá quien lo leyere.
En Almeida de Sayago, previa una sencillísima invitación al pueblo en general hecha por el señor alcalde don Vicente Crespo, desde el tablón de anuncios y otra personal no menos sencilla, a funcionarios públicos y fuerzas vivas de la villa, se celebró la Fiesta de la Raza y del Soldado, de conformidad con lo deseado por nuestras autoridades superiores.
La víspera empezó a notarse una patriótica efervescencia en el ánimo de muchos; algo así como impaciencia por la tardanza del día y del momento propicio para cada uno ofrendar su óbolo a meritísimos paisanos, amigos o parientes que supieron desinteresadamente dar en los campos africanos cuanto la Patria les demandó.
Las nueve de la mañana del día 12, era la hora señalada para el comienzo del acto, a las ocho y media por un “corto” repicar de campanas de la parroquia se dio el aviso al vecindario, convenida señal también por los maestros de ambos sexos para la reunión de los niños en sus respectivas escuelas.
Aun los más perezosos acudieron con la mayor puntualidad, reflejando en sus semblantes infantiles -a muchos nos pareció verlo así- como anticipamos, la solemnidad y trascendencia de lo que íbamos a presenciar. Los niños -cada uno con su banderita de los colores nacionales en la solapa- guiados por sus maestros, siguiendo y escoltando la bandera nacional de la Escuela, llegaron al Ayuntamiento. Las niñas, todas de blanco y tocadas con lacitos también de los colores nacionales, llegaron a las nueve al lugar antes indicado.
Desde aquí, en el mayor orden con la corrección más escrupulosa y con la más reverente gravedad ante unas mil setecientas personas, emprendieron niños, niñas, Guardia civil, autoridades, licenciados de África y somatenes de la localidad, la marcha hacia la casa rectoral para acompañar hasta la iglesia al virtuoso párroco don Bernabé Casanueva que oficiaría en los actos religiosos.
En el templo santo penetró el pueblo tras los grupos descritos, ocupando los niños el lado de la Epístola; las niñas, el del Evangelio y soldados, autoridades, etcétera, el centro y el pueblo el resto. Todos nos dimos cuenta de que estábamos en la Casa de Dios para oír la misa solemne en acción de gracias por el feliz término de la campaña de Marruecos. Durante el Santo Sacrificio todo fue solemne. Creo que ha sido, de las muchas misas solemnes que he oído, una de las más solemnes.
Terminada la misa, dirigió el venerable párroco la palabra a los asistentes, sus feligreses, en frases rebosantes de unción sacerdotal; henchidos de sano patriotismo; en frases de eficacia alentadora para continuar por el camino que conduce a los pueblos a la prosperidad; en frases que arrancaron miles de lágrimas a las personas de toda edad y sexo, recordando escenas familiares que… mi pluma no puede, ni sabe describir.
Acto seguido, se cantó un “Te Deum” y una Salve, solemnes y a continuación dos responsos: uno por los fallecidos de la localidad en campaña y el otro por todos los muertos en general.
Terminados estos actos, a que dio guardia de honor la Benemérita
 de la localidad, salimos del templo, primero el pueblo, deseoso de presenciar más tiempo el hermoso y simpático cuadro de aquella comitiva: representación genuina de un pueblo, agradecido, noble, que sabe sentir y estimar, para dirigirnos de nuevo al Ayuntamiento.
            Aquí todos estacionados y como si lo hecho nos pareciere mezquindad, continuamos rodeando, guardando, contemplando, honrando, considerando a la Patria en aquellos 48 ó 50 héroes.
            Sentíamos un vacío y realmente existió por breves momentos pero lo llenó hasta educadamente, un licenciado -como él se dice orgulloso-: el entusiasta, el laborioso, el culto forjador de corazones de patriotas, de hombres completos; el moderado y humilde director de la escuela graduada don Ángel Encinas Hernández, con una corta, sencilla y brillante oración que dirigió a los niños, madres, veteranos de la milicia, autoridades y pueblo en general, aquilatando el significado de las fiestas que se celebran el verdadero concepto de patria, haciéndonosla sentir hondamente y jurar defenderla hasta derramar la última gota de sangre.
            En brillantes párrafos hízonos el maestro señor Encinas conocer el “resurgimiento actual de mi querida, de nuestra, mejor diré, queridísima España” a la que el mundo debe el descubrimiento de otro nuevo mundo: América. Nos excitó, por si lo necesitábamos, a la gratitud del excelentísimo marqués de Estella “a quienes las madres debéis el no tener que llorar cuando vuestros hijos vayan al servicio militar en la Península ni en África”; a estimar en cuánto vale y merece nuestro augusto soberano, y terminó rogando a las autoridades que manden telegramas de adhesión a Primo de Rivera y dando vivas a España, al Rey y al Ejército, que fueron entusiastamente contestados.
Acto seguido se obsequió a los niños con bombones que regaló el señor alcalde; marchando después los niños a las escuelas a dejar las banderas y apareciendo nuevamente en la plaza dando entusiastas y espontáneos vivas. Fue esta espontaneidad infantil el mejor comentario de que la fiesta pudo hacerse. Luego, todos se retiraron a sus domicilios.
A las trece, en el merecidamente acreditado establecimiento de don Ángel Piñuel, (antes de Tafuro) reunidos fraternalmente los licenciados y autoridades de todos los órdenes, se celebró un espléndido banquete preparado por doña Manuela, esposa del seños Piñuel y costeado por el Ayuntamiento en obsequio de los licenciados, a quienes se lo ofreció el culto, modesto y simpático secretario del Ayuntamiento, señor Puente, en términos cariñosos, sintiendo en el alma la ausencia de algunos paisanos y amigos que perecieron en los africanos campos.
            En nombre del pueblo, de las autoridades locales y superiores y de España entera les dio las gracias por el heroico comportamiento que tuvieron defendiendo allí reunidos y terminantemente nos convence de que “con soldados como éstos puede cualquier General emprender, confiado la conquista que quisiere”.
            El respetable párroco, señor Casanueva, se congratula de la armonía entre las autoridades todas.
Finalmente, agradece al Ayuntamiento el homenaje en nombre de los licenciados, el señor Encinas, quien lo dedica al Ejército, concediendo, de la manera más delicada, la buena parte que correspondió en la victoria que se celebra a los jefes y oficiales que supieron llevar al triunfo a estos soldados. Y transmite el homenaje a jefes y oficiales, por conducto de nuestro paisano don Juan José Castro Sogo, capitán veterinario, en situación de disponible que accidentalmente se halla en esta, pasando seguidamente todos a darle la mano.
Y termina el acto, dentro de la mayor cordialidad con vivas frenéticos a España, al Rey, al Ejército, a los licenciados, a Almeida y al señor alcalde.
Acto como el realizado por los almeidenses para celebrar la Fiesta del Soldado, no ha tenido lugar, seguramente, en este pueblo desde que existe; no lo ha superado ninguno de la provincia ni aun de España, no por su fastuosidad, de todos el más sencillo, sino por la compenetración de todos con lo que se celebra.
Fue simpático, conmovedor, propio de un pueblo que sabe sentir las grandezas patrias.
Ayer fue para los almeidenses fiesta nacional en cuerpo y alma, pues ni dedicó una hora a sus propias ocupaciones.
Jamás se borrará de nuestra memoria recuerdo tan grato y sugestivo.
NIHIL
Almeida de Sayago, 13 de octubre de 1927